Nada es tan profundo.
Para bien o para mal, en un máximo de tres o cuatro generaciones no quedará rastro de lo que fuimos. Nuestros peores temores y sus correspondientes noches sin dormir no son nada más que un pequeño bostezo del guionista con menor ingenio.
Esto debería tranquilizar a quienes como yo, tienden a sobrepensarlo todo. El problema principal es que la teoría la conocemos, pero en la práctica la cosa cambia.
Puedes llegar a entender que en la mayoría de casos los resultados no dependen de una única decisión que esté en tus manos, pero cuesta un mundo dejar escapar la idea de haber sido capaz de actuar diferente, e incluso aferrarte a la mínima esperanza de cambiarlo.
Son tiempos de introspección: ensayo, error e ilusión. De dar un paso, o dos, atrás. Tomar impulso únicamente para volver a saltar.
Nuestro tiempo es el único activo que realmente importa: Además de limitado, suele ser desconocido y tiende a escaparse entre los dedos cuando más lo necesitas. No podemos desperdiciarlo en lamernos las heridas; sólo hay un camino y éste es hacia delante.
Celebremos lo que pudo ser y finalmente fue y preparémonos para lo que vendrá.
Sacudirse los últimos cristales de los sueños rotos, dejar a un lado el rencor y volver a vivir, porque no es otra cosa que la vida lo que realmente se nos escapa.
